Desde La Celda Acolchada presentamos un interesante proyecto llamadoTu última
noche en la Tierra. Se trata de una serie de relatos al más puro estilo de las
historias de Creepshow o Historias de la cripta, entre otras
producciones, y por tanto de los cómics pulp. Juan Carlos Cervera se encarga de escribir un relato por cada
entrega, y Nacho Fito Parreño de realizar
unas estupendas ilustraciones que invitan a leer con un solo vistazo.
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21 de diciembre de 2016
24 de octubre de 2016
Queca
En el preciso momento en que Woody decía «Los juguetes podemos verlo
todo», Queca supo cómo hacerlo. No tenía nada que ver con la película. Ni con
lo que sucedía en esa escena. Pero la idea surgió. Así sin más. Como una
palomita al calentarse el maíz. Incluso creyó escuchar en su oído de felpa
—felpa, cómo odiaba esa palabra— el «Pop» característico.
Nayara estaba sentada a su lado. En el sofá del
salón. Nayara era su nueva dueña. Bueno, nueva y primera. La película de Toy Story y ella fueron dos de sus
regalos de cumpleaños. Sus padres, cinéfilos empedernidos, pensaron que el
mejor regalo para una niña de tres años era una película, una película que más
bien es de terror. Pero a la niña no parecía importarle; en una semana, era la
séptima vez que la veía, o que contemplaba la pantalla mientras pasaban las
imágenes. A esa edad no se ven películas en su amplio significado.
6 de junio de 2016
Proyecto Fobia: Capítulo 7: «¡Para!»
«Esta tarde, entrenando a los
tigres, se me ha ido la mano. ¡El muy imbécil de Gato se negaba a hacer todo lo
que le decía! ¡No me obedecía! Me sacó de los nervios y cambié la vara por un
palo grueso y duro. Le golpeé hasta que empezó a dolerme el brazo. Ha muerto.»
Las
palabras de su padre y Alyssa resonaban en la cabeza de Augie con cada paso
apresurado que daba.
«Eres un
maldito desgraciado, ¿lo sabías? ¿Qué va a decir ahora Willy? ¡Nos puede echar
del circo!»
Solo había
pasado una hora hablando con Clay en su escondite, por lo que el sol aún hacía
de las suyas con todas las energías de la primavera. Ríos de sudor rodaban por
sus sienes y mejillas; ni siquiera la sucia camiseta de tirantes ayudaba a
llevarlo mejor. Pronto sintió también los brazos húmedos. Y cuando ya estaba a
escasos metros de su destino, sus pulmones lo obligaron a detenerse. Estaba sin
aliento. Daba amplias bocanadas para coger aire, como un pez fuera del agua.
1 de marzo de 2016
Proyecto Fobia: Capítulo 5: La ola roja
Aquel inesperado y desconocido acceso de rabia, aquella ola roja que lo había ahogado durante unos instantes, había producido un extraño cambio en Augie. Al igual que ocurre en ciertas situaciones límites si se consigue sobrevivir a ellas, la mente del chico se despejó, como si la ola hubiese barrido todos sus temores a su paso. Aunque esta no era la única responsable; en realidad lo era la razón por la que recibió el impacto de la rabia. El conocimiento de su pasado, de su origen. Saber aquella horrorosa verdad había manchado su forma de ser con una prematura actitud de rebeldía, porque ¿quiénes eran ellos después de todo? ¿Quién era esa mujer a la que llamaba madre? Desde luego, ahora sabía que no era su madre, y por tanto, no le importaba lo más mínimo.
En un primer momento, cuando experimentó la rabia por primera vez, este nuevo sentimiento le había asustado. Pero ahora, unas semanas después y tras recibir el impacto de la ola en cada una de las ocasiones en que Alyssa intentaba controlarlo con el péndulo, esta se había ido convirtiendo en parte de su ser, hasta sentirla como cualquier otro sentimiento, como si siempre hubiese estado ahí, atrapada. Augie imaginaba que un león o un tigre —en definitiva, un animal encerrado— debía sentirse tan bien como él cuando la rabia se apoderaba de su alma.
17 de febrero de 2016
Proyecto Fobia: Capítulo 3: La vidente y el domador
«No hay mayor dolor que el de acordarse de los tiempos felices en la desgracia», dice Dante Alighieri en su Divina Comedia. Era una de las frases que más triste ponía a Augie, cuando la comprendió en su totalidad. Y es que, él no recordaba momentos felices cuando miraba al pasado. Augie Remprelt siempre había estado sumergido en un espeso lodo de desgracia del que aún no había salido.
En realidad, no conocía mucho de su pasado, aunque lo que estaba claro es que no recordaba nada que encajara en el término «felicidad».
Hasta una noche en la que yacía acurrucado en su cama, después que su madre le mostrara el péndulo, cuando le preguntó si podía ir al cine con Clay y los demás chicos del circo. Solo bastaba con eso para mantenerlo bajo control. En cuanto el péndulo entraba en el campo visual del pobre Augie, una tormenta se desataba en su cabeza, y la palabra «fracaso» brillaba entre el caos. Entonces el chico se subía a la cama y permanecía hecho un ovillo hasta que el mareo se le pasaba, o hasta que vomitaba. Sus padres no le dejaban hacer nada, o casi nada. Augie llevaba cerca de un año sin pisar un suelo que no fuera el del recinto del circo.
24 de enero de 2016
Efecto placebo
Hace un día o así, descubrí que las mentiras son como el placebo. Contienen promesas vacías, pero producen el efecto deseado si no se sabe la verdad. No obstante, la estupidez y la poca autoestima también influyen en el resultado.
Mi nombre es Edmundo Escolano; sí, el apellido fue objeto de múltiples risas, bromas rectales y motes en el instituto, y eso, sumado a mi creciente obesidad, al estrabismo de mi ojo izquierdo, el cual se giraba hacia el tabique de la nariz, y al leve astigmatismo que me obligaba a llevar unas gafas enormes, hacía de mí un blanco tan claro para los demás chicos y chicas como un oso pardo en la nieve para un cazador furtivo.
Todo empezó con una tetera. Sí, la razón por la que voy en este coche, camino de mi nuevo y definitivo hogar es, simple y llanamente, una tetera. Bueno, vale, lo justo sería incluir también al hombre sin ojos y dentadura postiza. De este modo caí, como el bobo que era, en el engaño más viejo y surrealista del mundo. Surrealista hasta que lo vives en tus propias carnes, claro, y en mi caso, este aforismo (o metáfora) es totalmente literal.
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