Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de ir a tomar el desayuno.
La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de
recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus
padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía
que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no
desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la
reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos
valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su
mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión,
tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.
Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa
para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias
tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al
atardecer, ya convencido de que aquel día no encontraría el regalo
adecuado, se sentó en un banco a la sombra de una encina. Entonces vió
aquellos ojos clavados en él. Unos ojos de botón, de los que hoy en día
ya no se encuentran, reemplazados por materiales plásticos más modernos.
Quizás la muñeca no fuera la más bonita que hubiera visto aquella
tarde, pero tenía un encanto especial. Poseía ese encanto que tienen las
cosas antiguas hechas a mano, y que el tiempo se encarga de potenciar.
